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Tercer ejercicio del taller de microrrelatos
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3º) La temática es escribir un
microrrelato sobre las Brigadas Internacionales contextualizado en el Madrid
de guerra.
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YA SE VAN
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Mi querida queridísima:
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Ya debo decirte adiós y
lo hago con esta carta que ni siquiera sé si llegará
a tus manos. Es todo tan confuso en estos momentos.
¿Sigues en Madrid? Esto es lo más que me atrevo a
preguntarme, porque la posibilidad de que ya no
existas, me niego a considerarla.
-
Tú debes seguir viviendo
y no sólo en mi recuerdo, no como un fantasma, ni
como una musa. Debes de seguir viva y en pié. Fuerte
y luchadora a pesar de todo. Combatiendo por la
libertad y la esperanza, ahora que la esperanza está
desapareciendo sacudida por la realidad de la
derrota.
-
Hace apenas dos años que
llegué a estas tierras, con un mensaje de
solidaridad. Decidido a luchar contra los que
querían acabar con el proyecto de justicia y
libertad, de La Republica Española.
-
Yo amaba y admiraba este
país, por eso estudié su lengua y seguí con interés
su evolución. Por eso tomé la decisión de venir a
defenderlo.
-
Llegué a Madrid con
otros muchos como yo. Desfilé por sus calles, lleno
de entusiasmo, el 4 de Noviembre de 19376.
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Luego vinieron los duros
combates defendiendo la Ciudad Universitaria y la
Sierra de Guadarrama, allí resulté herido.
Maravillosa herida aquella porque hizo que te
conociera, y que al conocerte, al quererte,
comprendiera mejor vuestra lucha; hiciera mías
vuestras razones. Aquellos meses, primero en el
Hospital, recibiendo tus cuidados y tus sonrisas, y
luego otra vez en el frente, pero con escapadas
gloriosas, para estar contigo, para tenerte cerca.
Aquellos meses han sido los mejores de mi vida. Los
más llenos de todo, de amor, de ilusión, de
solidaridad.
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Después la separación,
mi traslado a otros frentes y a otras batallas, el
comienzo de la cuenta atrás. Entonces lo único bueno
eran tus cartas, que me ayudaban a mantenerme lúcido
dentro del caos que se iba apoderando de todo.
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Y ahora llegó el final,
el final para nosotros los Brigadistas. Hoy 28 de
Octubre de 1938 nos echan. Mi último desfile será
por las calles de Barcelona. Pero no nos echa el
pueblo, no nos echan las gentes de este país roto.
Nos echan los políticos en un intento, yo pienso que
equivocado, de congraciarse con los países
extranjeros.
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No tengo esperanza de
volver a verte, creo que vienen tiempos muy duros
para todos.
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Sólo quiero que sepas,
que por muchos años que viva, nunca, nunca olvidaré
tu imagen recortándose sobre el paisaje sombrío, en
un atardecer, entre los escombros de la Ciudad
Universitaria, besándome, mientras me decías: “Ay,
inglesito mío, cómo te quiero”
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LAS BOTAS DE UN
HOMBRE CON DOS PATRIAS
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1ª parte: “El Jarama y
James”
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Llegué a España a
finales del 36, fui de los primeros canadienses que
lograron atravesar la frontera después de una larga
travesía en barco. Llegamos a Perpignan y de allí a
Figueras, escondiéndonos de los guardias de
fronteras en un duro recorrido por los Pirineos. Un
largo viaje en convoy nos llevó hasta Albacete,
donde tuvimos un aburrido periodo de adiestramiento.
Al principio formé parte del batallón “Lincoln”; en
cuanto hubo un buen grupo de canadienses, pasé a
formar parte del batallón “Washington”, hasta
febrero del 37, que, con más de 500 camaradas, se
formó el batallón “Mckenzie Papineau”, para los
brigadistas de la XV, el “Mac Paps”… Para aquella
fecha yo estaba en Madrid, una ciudad asediada que
resistía por el empuje de sus gentes. A los pocos
días de llegar, el 11 de febrero, me encontraba
defendiéndola por uno de sus flancos: el frente del
Jarama. Allí se grabaron en mi memoria algunos de
los recuerdos más duros de mi estancia en España…
Entre tapias y olivares, ataques y contraataques,
bombardeos y fuego de ametralladoras, vi morir a
muchos compañeros. Los rostros de algunos amigos del
batallón británico masacrados en “Suicide Hill”, o
la colina del Suicidio para mis camaradas españoles,
se agolpan en mis cabezas confundidos en mis
recuerdos con los de mis compañeros de batallón
caídos en “vértice Pingarrón”, la batalla de Brunete
y de los que perecieron en el “vértice Mosquito”;
allí desapareció el batallón “Washington”. Yo, junto
a algunos americanos y canadienses sobrevivientes,
fui incorporado al “Mac Paps…”
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A veces cantábamos
tristes Jarama Song en voz baja, como aquella
noche del 27 de febrero, entre el barrizal provocado
por una intensa lluvia, o con toda nuestra energía,
como canto de despedida a los compañeros que allí se
quedaron para siempre, cuando, reagrupada la XV
Brigada en Morata de Tajuña, con un espléndido sol,
marchamos en camiones, tan mermados, abandonando
Madrid para siempre…
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Hoy, después de leer
esta carta, no sólo me han asaltado los recuerdos
tristes de una guerra de ideas de libertad, sino
también las imágenes de aquel niño tan asustado que
recogí, tras un ataque de los aviones de la “Legión
Cóndor”: pequeño niño delgado, rapado para no dar
cobijo a los piojos, con los ojos casi cerrados, la
boca estrecha y apretada… Su casa estaba cercana al
puente de Arganda, totalmente destruida. Él temblaba
detrás de una encina chamuscada, no sé si de frío,
de miedo o –seguramente– de ambas cosas. Yo me
acerqué y cómo desconocía bastante el idioma, sólo
pude decirle dos palabras: “James, amigo”. El resto
de la comunicación fue gestual y definitiva, una
sonrisa limpia y mis brazos estirados, con las manos
abiertas en señal de acogida, fueron suficientes
para que se acercara lentamente, con los ojos bajos,
mirando casi a través de sus párpados como un gato
que no sabe si le van a ofrecer migas con leche o un
puntapié… De la mano le llevé hasta un puesto de
primeros auxilios, allí nos despedimos, nos miramos:
Tus ojos de color caramelo se hicieron enormes al
abrirse y tu boca creció como una azucena cuando
sonreíste levemente al recibir los brazos tiernos de
una enfermera, de una mujer, de una madre”, y me
despediste con la mano, y de tu boca salieron dos
palabras: “Miguel, amigo”. ¡Los niños… cómo
convierten las palabras simples en mágicas! Miguel,
¿cómo serás hoy? ¡Me gustaría tanto que la vida nos
uniera un instante… aunque sólo fuera para regalarte
las botas…!
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2ª parte: “Toronto y
Miguel”
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Le recuerdo muy bien,
con su mechón oscuro cayendo rebelde sobre la frente
ancha, aquella cara alargada con una barba
incipiente y mal afeitada, y su mirada azul, tan
transparente como un vaso de cristal y tan
tranquilizadora como el rayo de sol que aparece
cuando amaina. No niego que al principio tuve miedo:
la tormenta de bombas, la casa destruida, la soledad
y un extraño más en el valle; pero aquel terror
duraba ya tanto que, cuando sus manos huesudas,
grandes y fuertes alargadas hacia mí, rozaron mis
pequeñas manos temblorosas, intuí un resquicio de
humanidad que se me hacía necesario atrapar. Como el
naturalista que desea observar cualquier insecto lo
más cerca posible, sin llegar a espantarlo de la
roca, se acercó, con pasos lentos y con el cuerpo
encorvado no sólo por su gran altura, sino también
por el afán de llegar a mi tamaño, y sus pies, sobre
todo recuerdo sus pies, tan bien calzados, con
aquellas gruesas botas que me hicieron sentir calor
y vida….
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Durante estos 34 años de
emigrante, he indagado infructuosamente para saber
si aún vivía, hasta que hace cuatro meses, el
consulado de Canadá en Los Ángeles, por el momento,
mi último lugar de residencia y trabajo, me facilitó
por fin su pista y le escribí una carta. Apenas supe
que contarle, sólo le referí aquellos recuerdos del
árbol tras el que me escondía, los rasgos que de él
recordaba y el impacto que sobre mí tuvieron sus
botas. No esperaba respuesta, ¿quién podría
acordarse de un niño más en una guerra única...?
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Me contestó muy rápido,
enviándome sus señas, bien claras, y describiéndose,
con mucho sentido del humor, para que yo no creyese
que me había equivocado de persona, pues –según
decía– “su cabello ya no estaba con él y sus manos
ya no eran tranquilas y acogedoras, ahora cuando
querían saludar, se volvían hiperactivas” pues
padecía Parkinson. Con letras enormes me escribió
que lo que sí que no habían cambiado eran sus botas…
Las había conservado gracias a su primer jefe del
batallón “Lincoln”, un americano recto y muy
exigente que le había dado en su primera clase de
formación en Albacete un gran consejo: “El rifle y
las botas son las dos armas que ayudan a un soldado
a mantenerse vivo, así pues, no los abandonéis ni
para dormir…” Aunque el rifle –me explicó– lo tuvo
que abandonar en España, ciertamente las botas le
ayudaron a volver a casa… Después me relató cómo,
tras la batalla de Brunete, el “Mac Paps” resistió
en Teruel y Belchite, y se fusionó con combatientes
españoles en el frente de Gandesa, y cómo diezmados,
tras avanzar y retroceder varias veces cruzando el
Ebro, se ordenó su retirada, teniendo que volver,
escondido durante tres meses en masías y casas de
labor, hasta la frontera, saliendo por El Vallés y
Cassá, de la misma manera en que había entrado,
ilegalmente, y volviendo a su país, también, como
persona non grata, por haber desobedecido las
órdenes de no intervención del gobierno del Canadá y
cómo se había convertido en persona sospechosa
durante muchos años, en su propia tierra… Por
último, me pedía que fuera a verle, porque yo era un
nexo con su segunda patria…
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Hoy me he despedido de
mi último trabajo, subo las escaleras del avión,
necesito llegar a Toronto, en la bolsa de mano llevo
una cassette, tomo asiento y cuando el avión
despega, aprieto el botón y cierro los ojos: suena
Red River Valley.
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LOS RUSOS
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A la mañana siguiente
los niños se despertaron revoloteadores, como de
costumbre, y su madre no tuvo más remedio que
dejarles salir a la calle, no sin antes advertirles
que el día estaba claro, que los aviones podían
volver y que, si esto pasaba, corrieran a un portal
o a un refugio sin pensarlo dos veces. Así que
salieron de casa acompañados de su ahora fiel,
agradecido y con el estómago lleno, perro. Al llegar
a la calle Atocha observaron que en la Glorieta del
mismo nombre una multitud gritaba, aplaudía y
cantaba. Se quedaron quietos recordando los consejos
de su madre y viendo que se dirigían hacia donde
ellos estaban.
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–¿Qué es eso Guille?
–preguntó Ignacio a su hermano mayor.
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–No sé, parece una
manifestación. Vamos a quedarnos aquí. ¡Quieto
Uhachepé! ¿Dónde vas? –dijo dirigiéndose al perro,
que olfateaba el aire inquieto. El perro obedeció,
pero por su cabeza pasó todo lo ocurrido la tarde de
la manifestación y el infierno vivido en la noche
del bombardeo. Su pata vendada, herida por eso que
los humanos llamaban “metralla” cuando no era
más que un trozo de hierro, se lo recordaba. Sin
embargo había algo en el ambiente, en el olor, que
le decía que esta vez todo iba a ser distinto. Lo
presentía, otra vez la famosa intuición canina.
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Conforme la multitud se
acercaba, los madrileños y madrileñas salían a su
paso aplaudiendo desde las aceras o desde los
balcones. Los niños se dieron cuenta que eran
soldados, aunque no desfilaban marcialmente, iban en
fila de a tres y vestían chaqueta de cuero y boina
negra. De repente, un grito pronunciado a sus
espaldas desde un balcón les asustó de tal manera
que los tres, niños y perro, saltaron en el aire.
-
–¡¡¡Vivan los rusos!!!
–gritó, más bien vociferó, una mujer asomada al
balcón con la bata puesta y una escoba en la mano.
-
Los rusos pasaron al
lado de los niños, les vieron de cerca. Eran muchos,
sonreían y miraban todo con ojos de turista
despistado. Guille, Ignacio y Uhachepé, que
demostraba su alegría ladrando, aplaudieron el paso
de los rusos sonrientes. Un cántico, casi
agradecido, entonado por las tropas, comenzó a
flotar por el aire:
-
–Debout,
les damnés de la terre...
-
–Es la Internacional
–dijo Guille a su hermano y al perro–, pero... eso
no es ruso, me parece que es francés. Estos no son
rusos, Ignacio, son franceses.
-
–Bueno, da igual. ¡Vivan
los rusos! –exclamó Ignacio riendo y contagiándose
de la alegría general, casi convertida ya en un
barullo con aplausos acompasados que hacían exclamar
“olé” a los supuestos rusos que, según pasaban
cantando, iban desvelando su origen.
-
–...Arise
ye prisoners of want...for reason in revolt now
thunders... es el fin de la opresión, del pasado hay que
hacer añicos...
-
–Eso es español, también
hay españoles, ¿lo oyes? –dijo Guille a su hermano,
que observaba cómo el perro intentaba escaparse de
su mano.
-
–Guille, no sé que le
pasa a Uhachepé –chilló Ignacio entre el tumulto–,
quiere ir con los rusos.
-
–Bueno, pues suéltale a
ver qué pasa.
-
Uhachepé se dirigió
ladrando a uno de los rusos que cantaba en español.
Éste miró hacia el perro al observar cómo sus
compañeros se apartaban para dejarle paso.
-
–¡Manchas! ¿Qué haces
aquí? –Uhachepé reconoció su viejo nombre olvidado,
pronunciado por su añorado amigo, aquel al que había
estado esperando tanto tiempo en la puerta de su
casa–. ¡Manchas! Tuvimos que dejarte, amigo, tuvimos
que evacuar a los niños –le decía su antiguo dueño
con voz emocionada y apresurado por no perder la
fila de la formación. Uhachepé, antiguo Manchas,
lamía las manos y la cara de su amigo ruso que
hablaba español y que había vuelto por fin. Pero la
formación y el curso de la guerra no admitían
esperas causadas por un simple perro que se volvía a
encontrar con su amo.
-
–Vamos, compañero, tira
p´alante que no estamos para ñoñerías
–refunfuñó uno de los soldados. Y Uhachepé, o
Manchas, como el lector prefiera, vio alejarse a su
amigo e intentó ir tras él, pero una mano infantil
le agarró por el collar.
-
–No te vayas Uhachepé,
quédate aquí. Van al frente, tú no puedes ir allí,
puede pasarte algo –le dijo Ignacio casi llorando.
-
El perro miró al niño,
le lamió en la cara y gimió en silencio mientras la
formación de soldados se alejaba calle Atocha
arriba, llevándose a su amigo, perdido de nuevo y el
himno en mil lenguas cantado desaparecía poco a
poco.
-
–Debout,
les damnès de la terre, debout les forçats de la
faim...
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LA GRAN VÍA DE LOS
BRIGADISTAS
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Era otra mañana de
noviembre sin colegio en todo Madrid por lo de la
guerra y, mientras mi madre me recordaba que tenía
que bajar a por el pan, la portera gritó en la
escalera:
-
-
–¡Que ya están ahí
desfilando los rusos!
-
Bajé inmediatamente
hasta la esquina de Telefónica y vi cómo aplaudía la
gente a aquellos hombres grandes con sus boinas y
chaquetones de cuero negro. Les pude entender alguna
palabra, no sabía yo que su idioma se parecía tanto
a mi francés del Bachillerato. Supongo que por eso
al puente que defendieron contra los moros le
llamaron “de los Franceses”.
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A partir de ese día y
para siempre, nos había cambiado el viento y la
partida la teníamos ya ganada. Así que me volví a
casa cantando todos nuestros himnos. Pero en el
mismo portal... ¿y el pan, me lo habrían guardado
esta vez? Seguro que sí, que después de lo visto ya
no nos iba a faltar nunca.
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SIN CONCESIONES
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Antes de que le hirieran
ya se había mostrado interesado por la gastronomía
española. Pero poca gastronomía iba a catar según
marchaban las cosas. A Madrid llegaba lo justo, y
nada de variedad. Y al frente menos. Del boniato, la
patata y la lenteja no salíamos. Luego no sé lo que
le esperaría en el hospital; supongo que algo mejor,
pero nada para tirar cohetes.
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Al parecer había sido
cocinero en su país, aunque no me pregunten cuál.
Anglosajón seguro. Ahí se demuestra mi interés por
estos tíos. Ni me va ni me viene de dónde vengan. Lo
único que me importa es que han venido a luchar en
esta cochina guerra, y eso es lo substancial. Lo
demás sobra. Cuanto menos información tengas del
tipo que comparte la trinchera contigo, mejor. Así
no le coges demasiado apego; por si le pegan un tiro
y se lo cargan, más que nada, y no tienes que estar
recordando sus historias. Yo ando escarmentado desde
el principio del baile. El Higinio se subió conmigo
para la Sierra a los pocos días de empezar el jaleo.
Nos habíamos conocido en el patio del colegio de
Francos Rodríguez y desde allí fuimos al cuartel de
la Montaña y después a Carabanchel. Hicimos buenas
migas y pegamos tiros juntos desde entonces, hasta
que un requeté se lo cargó en una descubierta a
principios de septiembre. Cago en la hostia, era
gracioso el condenado. Supe de él toda su vida, de
pe a pa, pues me la contaba durante las guardias;
incluso en un permiso en Madrid me presentó a sus
padres y a su hermana. Menudo mal trago pasé cuando
tuve que ir a darles el pésame. Desde entonces me he
cuidado mucho de coger apego a alguien. Por eso no
tengo muy buena prensa entre la gente de la
compañía.
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Pues el andoba este se
presentó el día que los fachas apretaron de verdad
para tomar la ciudad. Pertenecía a una de las
brigadas internacionales que se preparaban en
Albacete, y que los mandos desplegaron por la Casa
de Campo y la Universitaria para contener a los
moros y a los legionarios. Hola, dijo medio
sonriendo, mi nombre es John. Tócate los cojones,
nos dijimos todos. Anda, John, majete, agacha la
cabezota y ponte a pegar tiros como los demás. Y lo
hizo, y bien. Le echó arrestos. En una pausa en los
combates alguien le preguntó que cómo había llegado
allí. Para qué queríamos más. El tío se enrolló de
lo lindo y mal se explicó con un castellano con el
que parecía masticar goma de mascar. Yo desconecté
la oreja y me puse a leer un panfleto de los
comunistas que había traído uno de Mundo Obrero.
Creo que fue ahí cuando soltó lo de que era cocinero
en su país. No sé quién le dio carrete y empezó a
hablar de comida. Nosotros con más hambre que un
perro y no hizo otra cosa que hablar de los platos
que elaboraba en su restaurante con todo lujo de
detalles. Yo dejé de atender a las letras del
panfleto porque no me enteraba de nada y se me
empezó a hacer la boca agua. Fue después cuando el
tío pasó a contar que le apasionaba la gastronomía
española y que, incluso, probaba a hacer recetas en
su local, pero que aún no tenía el punto cogido. Eso
es por el aceite, opinó un listo. Seguro que usa
mantequilla y no aceite de oliva. El ensueño
pantagruélico colectivo lo finiquitó de cuajo un
paco con buena puntería, que acertó al narrador en
la clavícula. Estoy por decir que si no lo hubiese
hecho el paco le hubiese pegado un tiro yo mismo,
porque ya empezaba a hablar de paella, y no hay cosa
que me guste más que la paella.
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