|
EL
PRINCIPIO DEL FIN
“Qué
ocurre en Madrid, mi general”, preguntó Negrín. “Me he
sublevado”, respondió Casado. “¡¿Que se ha sublevado?!
¡¿Contra quién?! ¡¿Contra mí?!” “Sí, contra usted y no
soy ningún general, sólo un coronel que pretende cumplir
con su deber.” “Entonces considérese usted relevado del
mando”, concluyó Negrín…
Y éste
fue el principio del fin. Aquel 5 de marzo de 1939.
Juan, de pie, firme, al lado del teléfono, no entendía
nada, no acababa de asimilar las palabras que había
pronunciado su coronel. ¿Contra quién se habían
sublevado? ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Ya no eran
republicanos? ¿Debían continuar luchando? Pero, ¿al lado
de quién? Todas estas preguntas se agolpaban en su
cerebro, llenándolo de confusión. Hasta ese momento todo
había estado claro. Había que luchar y que cumplir las
órdenes de sus superiores.
A su
mente volvió la imagen de aquel día de 1936. Era verano,
hacía calor; él estaba tranquilo echando la partida en
la taberna con los amigos, con bromas y un chato de vino
al alcance de la mano. De pronto entró el Rufino
gritando:
–Amigos, todos a la casa del Pueblo, que hay
noticias. Los fascistas se han levantado. Los compañeros
están reclutando gente para defender la capital. ¡Todos
a Madrid, allí nos necesitan!
Y
después llegó ya todo fue rápido. El viaje en los
camiones entre canciones y banderas. La llegada a la
capital, el entrenamiento en el patio de un colegio. Y
en menos de dos meses el campesino, el hombre que sólo
conocía su pueblo, había cambiado la azada por el
Máuser; se movía con soltura por las calles de la
capital hasta intercambiaba besos y caricias con una
muchacha, que llevaba pantalones de hombre en vez de las
faldas coloridas de las jóvenes de su pueblo. En ese
tiempo también había aprendido por qué debía defender a
la República; antes lo intuía, ahora ya lo sabía, sabía
manejar las razones y también sabía que él era un
soldado que debía obedecer órdenes de los hombres que
estaban al mando, que eran militares de profesión que
amaban y defendían a la República. Hasta ese momento
tenía una misión y unos jefes que sabían lo que se debía
de hacer. Pero de pronto todo estaba patas arriba, su
coronel le decía le Presidente que se había sublevado,
entonces también él, Juan, se había sublevado, pero no
sabía por qué, nadie le había explicado nada, y eso no
estaba bien, las cosas no son así, las cosas se dicen y
se hablan. Pensó preguntarle al coronel por sus razones
para lo que había dicho, pero el coronel ya se había
marchado. Había abandonado el despacho. Entonces Juan
tomó una decisión: saldría del cuartel tranquilamente y
se marcharía a Capitanía o al Ministerio, donde fuera,
ya se enteraría por el camino. Y cuando llegara donde
estuviera Negrín, pediría verle para que él le explicara
lo que debía de hacer. Había dejado de creer en su
coronel.
Alma Hernando Fojo
QUE NO
CREA EL CABO QUE VA A DORMIR AHÍ TODA LA NOCHE
Al
llegar a la plaza, al primer vistazo notó a la gente
rara. Aunque no hizo falta más: Juan Quiñón, el vecino
que siempre lo había tratado como si fuese su propio
hijo, se adelantó con la noticia:
–Tu hermano está mal. Se lo han llevado a tu casa. Le ha
dao un tiro el falangista de la banda.
–¿Cómo
está? –dijo “el Vito”.
–Está
mal –repitió Juan Quiñón.
–¿Pero...?
Juan
bajó la cabeza asintiendo, al mismo tiempo que entornaba
los ojos.
–¿Dónde
está?
–Se ha
encerrao en la posada.
–Pues
que no crea el cabo que va a dormir ahí toda la noche
–dijo “el Vito”.
–No,
Vito, no te compliques –rogó Juan Quiñón.
–No me
complico, es mi hermano. ¡Ese tío no mata a más nadie!
Martín
Oñate, Vitorino, más conocido por “el Vito”, hijo mayor
de Fulgencia y Vitorino, venía caminando tras sus burros
cargados de leña. El jornal de peón resinero se
complementaba con lo que se obtenía con la venta de la
leña que la entresaca de los pinos y las astillas de la
resina dejaban en el pinar… A veces la leña era para el
consumo propio. El municipio siempre había permitido
este beneficio extra a los paisanos. Así permitía a la
vez la limpieza del monte gratis para el ayuntamiento,
de modo que todos salían beneficiados. A veces la madre
le decía:
–A ver si me traes una “carga”.
Entonces, ese mismo día, la carga de leña la descargaba
“el Vito” ya anocheciendo, en la puerta del corral.
“Los
Vitos” tenían fama de rápidos y de pendencieros. Algunos
los tomaban por personas de orden y la justicia y dignas
de respeto, y otros por alocados justicieros que no
atendían a razones. A ellos no les gustaba que se
torciesen las cosas. Es verdad que cumplían siempre su
palabra. Hacían las cosas al momento y no podían
entender el mundo de otra manera.
“El
Vito” venía con su faena hecha y algún conejo entre las
mantas y la albarda, que había cazado hacía dos horas en
Los Puntales, al borde del pinar y lejos de las miradas
de la gente y que pasaba, también discretamente, a la
casa, pero que una vez dentro dejaba sobre la mesa con
una sobria expresión de orgullo y cautela:
–¡Pa
la cena! –decía en voz baja.
La
madre despellejaba el conejo al lado de la chimenea, a
la luz de la llama y el candil y “en diez minutos estaba
el conejo dando vueltas en la sartén como antes las daba
por las vegas”, solía retahilar la madre, dándose las
mismas ínfulas por despellejar conejos que César por sus
conquistas.
“El Vito” paró a los burros delante de la posada a la entrada
de la plaza y como si no pasara nada tiró de la cuerda
que sujetaban los haces y la leña cayó al suelo. Cogió
un haz de leña y lo puso en la cocina de la posada como
tantas otras veces había hecho, cuando se lo encargaban.
“El Vito” conocía la posada desde siempre, como conocen
los niños las casas de otros niños en los pueblos y más
si es una casa abierta a todos como es la posada.
–Josefa vete con tu madre –le mandó a la posadera.
Josefa
entendió la severidad del tono tajante con más orden que
ruego. Se vio intimidada ante una voz que nunca le había
oído.
–¡Vito..., Vito...! –dijo con una vocecilla que apenas le
salía de la garganta por la conmoción del momento,
intentando mediar.
“El
Vito” lanzó una mirada primero a ella y luego a la
calle, al tiempo que sacaba la escopeta del haz de leña,
interrumpiendo todo diálogo. Josefa salió, como sale un
niño cuando le manda algo el padre sintiendo la
impotencia y la rabia ante la tragedia que no podía
evitar.
“El Vito” montó la escopeta, cerró el portón de la posada con
la tranca, acercó el haz de leña a la puerta de la
habitación del cabo y con los restos del rescoldo y
algunos troncos ardientes de la chimenea prendió fuego
al haz de leña. Las teas secas, del mes de julio,
empapadas de resina empezaron rápido a arder.
De la habitación no salía ni un susurro. Una humareda empezó
a extenderse por la cocina. Un chorro de humo se iba
filtrando por las ranuras de la puerta a la habitación
del cabo. La puerta empezó a arder y dentro no se oía
más que el crepitar de las llamas y los crujidos de la
madera. En diez minutos empezaron a oírse manotazos
espantando el humo y en veinte las toses se repetían
insistentemente. “El Vito” esperaba con los ojos llenos
de ira contenida, sentado en una silla al lado de la
chimenea, preservándose del chorro ascendente de humo,
con la escopeta apuntando a la puerta.
Desde la calle algunas voces conocidas llamaban a “el Vito”
pidiéndole que abriera.
–¡Vito...!
¡Vito!
–¡Yo no quería disparar! ¡Yo no quería disparar! –repetía el
cabo con una voz desesperada asomándose al quicio con la
cara congestionada como quien sale del infierno.
–El que no quiere disparar no lleva pistola –sentenció “el
Vito”.
Dos tiros retumbaron en la posada.
Instantes después “el Vito” se despidió de su madre y su
padre y salió del pueblo para alistarse en el ejército
republicano.
Antonio de Haro
LA EXPLOSIÓN
La
explosión hizo que retumbase toda la capital; la fábrica
de granadas de mano del chalet del barrio alto, saltó
por los aires en el momento en que Rosita bajó al
subterráneo gritando: ¡Va a explotar!... Nunca
supiste si fue sabotaje o no, pero murió mucha gente
trabajando ahí dentro, allí decidiste alistarte…
Tú
volvías caminando desde la plaza del “Gua”, en realidad
se trataba de la plaza de Santo Domingo, pero en el
barrio la llamabais así, por la gran cantidad de
agujeros que los chupinazos de los aviones sublevados le
habían obsequiado en los primeros meses del 37. Era una
tarde clara de marzo, los días crecían poco a poco y,
aunque todavía hacía bastante frío, en Madrid ya olía a
primavera. La actividad por la Gran Vía y sus
alrededores resultaba frenética, y tú te olvidaste por
unos momentos de que estabais en guerra. Observaste a
las muchachas que paseaban en pequeños grupos,
alborotando y riéndose a carcajadas, algunas se volvían
a tu paso y sonreían cuchicheando entre ellas, sabías
muy bien que tus hermosos ojos verdes atraían su
atención, y eso te hacía sentirte grande pese a tu
complexión menuda.
Bajabas
feliz, ajeno a todo… Cuando llegaste al muro de la musa:
“la linda tapada”, recordaste el día en
que los madrileños “la atrincheraron”,
después de que una bomba arrojara al traste los hocicos
de sus leones; atravesaste Alcalá con la intención de
dar un paseo entre los árboles centenarios del Parque
del Retiro, estabas a punto de salvar la verja, cuando
una fuerte explosión retumbó haciendo añicos la paz…
El
metal de la puerta del parque llamó a muerte como una
gran campana de iglesia. Se te aceleró el pulso y
corriste con todas tus fuerzas hacia el Barrio de
Salamanca: el chalet ya no estaba… Gritos, llantos,
muertos y un humo espeso y gris que lo cubría todo
agitaron tus sentidos. Tú mismo habías ayudado algunas
tardes a montar el mecanismo de las granadas: al
principio eran muy rústicas –tubos de hierro con un
tornillo y una tuerca por un lado y sombrerete de lata
por el otro, a través del cual se asomaba colgando una
mecha–; los estudiantes de química las mejoraron después
añadiéndoles palanca… Ayudaste a remover escombros,
encontraste a tus hermanos gravemente heridos en el
patio del chalet y entre los muchos muertos, las
muchachas… Te acordaste de las chicas sonrientes de la
Gran Vía, ellas ya no podrían…
Apenas
habías cumplido 17 años, te marchaste con tu familia a
Barcelona y te enrolaste en el pelotón de dinamiteros,
al fin y al cabo, habías nacido en Granada, tu partida
de nacimiento estaba secuestrada como la ciudad y nadie
podía verificar tu edad…
Setenta
años después volviste a Madrid, me regalaste este triste
pedazo de tu memoria y haciendo gala de tu sentido del
humor, tu lúcido optimismo y tus ganas de vivir, le
pusiste un broche de oro para quitar el regusto amargo:
me contaste cómo escribieron una noche en el muro de la
Cibeles: “Destaparme que los quiero ver entrar”,
y cómo otra noche, perdida ya la guerra, alguien se
atrevió a corregir: “Taparme que ya he visto
bastante.” …Y nos reímos mucho, era una tarde de
primavera…
Elena Terrones Hernández
LA LETRA ERA
LA MISMA
Nadie puede decir quiénes fueron los que apretaron el
gatillo, eso no, pero a los milicianos que fueron a por
él, con brazaletes rojos y armados con fusiles, los
vieron los tres dependientes. Y los que estaban en el
Tribunal del Pueblo son gente conocida. El amigo no se
olvidará de ellos en la vida, aunque el hombre no quiera
hablar de eso con nadie. Además, allí había más gente.
Hasta había uno que tiene un puesto en la Junta de
Defensa creo, un tal don Arturo. Con que, en su caso, lo
de menos es quién lo ha hecho. Él quiso aprovecharse de
la situación y le salió el tiro por la culata. Y la
familia fue a buscar el cuerpo directamente a las tapias
del matadero, porque sabían bien que allí se lo iban a
encontrar. Allí estaba, mirando al firmamento, con el
traje que había estrenado aquel mismo día. Con lo
presumido que era, que parecía un figurín. Era martes.
Hacer ahora justo quince días. Lo comentaron los
empleados a la hora del café –suelen tomárselo aquí
cuando no tienen muchos clientes– que estaba más animado
que nunca y que les había dicho que los cafés los
apuntaran en la cuenta de él. Porque era bastante
charlatán y algo fanfarrón. Pero en la cafetería siempre
debía algo y a los empleados les pagaba tarde y mal. Así
que los milicianos llegaron por la tarde, poco después
de abrir. Yo vi el coche con la hoz y el martillo parado
en la puerta. Como suelo estar siempre sirviendo en la
barra… desde aquí se ve muy bien la zapatería. Los
empleados se quedaron un poco sorprendidos, pero los
milicianos dieron las buenas tardes y preguntaron de
buenas maneras, y como ahora hay gente con fusil por
todo Madrid, pues no se alarmaron: igual venían a por
zapatos. En ese momento él estaba en la trastienda. El
muchacho le dijo desde la tienda que unos señores
preguntaban por él. Salió y, al verlos, parece que se
sorprendió un poco, pero dijo: “Hola, camaradas.” Eso sí
que les dejó a los otros mosqueados. Le dijeron que
tenía que acompañarles y él dejó en el mostrador la caja
de zapatos que tenía en las manos salió con ellos sin
más. Así lo cuentan los empleados. Desde aquí le vi
entrar en el coche. No llevaba pinta de ir a la fuerza,
pero a mí sí me dio mala espina. No volvió. Los otros
cerraron la zapatería a la hora de siempre y se
marcharon. El miércoles no se presentó. Los empleados lo
comentaron aquí y nos preguntábamos que qué era aquello
de “Hola, camaradas”, si a él la política siempre le
había traído al fresco. Quién se iba a imaginar lo que
había hecho. Por la tarde se presentó su mujer con un
familiar. Ya iba de negro, pero toda enjoyada, como
siempre. Les dijo que tenían que cerrar la zapatería,
que a su marido lo habían asesinado. Y no les dio más
detalles, que no sabía quién ni cómo ni por qué. Que se
tomaran unos días de descanso. Se quedaron de piedra.
Como me quedé yo cuando me lo contó el muchacho el
jueves por la mañana. Pero la mujer claro que sabía.
Luego nos hemos ido enterando y ahora ya lo cuenta todo
el barrio. Lo llevaron al Tribunal del Pueblo de
Caballero de Gracia y allí estaba el amigo, que se quedó
pasmado al verlo. Encima de la mesa tenían un papel muy
raído que le habían encontrado al amigo en la cartera,
que era un pagaré por valor de diez mil pesetas, escrito
de puño y letra. Le preguntaron que si él había escrito
eso. Y después le sacaron un documento, también escrito
a mano, en el que denunciaban al amigo por proteger a
falangistas y por colaborar con la CEDA. Los del
Tribunal se habían dado cuenta de que la letra era la
misma. El amigo, hasta ese momento no había visto el
papel de la denuncia. Al instante lo comprendió todo,
pero no se lo podía creer. Le había hecho ese préstamo
al figurín tiempo atrás para que abriera la zapatería.
El hombre no podía ni hablar. Sólo le preguntaba a
gritos “¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!” Pero al momento
entendió que ahora le caía al otro la sentencia de la
que él había escapado por los pelos, que esa gente no se
anda con miramientos. Y se puso a defenderlo. Imploró y
suplicó hasta de rodillas. Le perdonó al otro, hasta
ofreció donar a los sindicatos su automóvil y lo tienda
que tiene en Concepción Jerónima para que le perdonaran
la vida. No sirvió de nada. Al zapatero se lo llevaron
encañonado y al amigo lo echaron de allí a empellones.
Ahora el hombre tiene remordimientos. Hay que ver. Lo
que son las cosas.
Enrique Martínez Gorroño
CAUTIVO Y DESARMADO
Aquella
mañana, mientras preparaba el desayuno del general,
Filomeno se acordó de su trompeta y de su precipitada
caída, ladera abajo, por la Montaña del Príncipe Pío,
después del asalto. Recordaba con nostalgia que cuando
llegó a la estación un tren partía hacia Galicia en ese
mismo momento. No lo pensó dos veces, se quitó la
guerrera, la tiró en un rincón e intentó comprar a un
mendigo la chaqueta sucia que llevaba puesta.
–A sus órdenes mi brigada –le dijo el mendigo–. Porque usted
es militar por lo menos. No hace falta que me pague
nada, se la cambio por esa trompeta en beneficio de la
Patria. Todo por la Patria, mi brigada.
–¿No quiere usted dinero?
–¿Para qué? –dijo el mendigo haciendo un ademán de
desprecio–. ¿Para qué quiero yo el vil metal, estando
como estoy? ¿No me ve? Desarmado, no tiene por qué
tenerme miedo, estoy desarmado. Y cautivo. Estoy cautivo
del vino, del elixir de los dioses, de la ambrosia...
cautivo... –Filomeno cogió la chaqueta, le dio la
trompeta con algo de tristeza y se subió de un salto al
tren, que arrancaba ya.
–¡Cautivo! –gritó el mendigo puesto en pie, cuando Filomeno
se asomó a una ventanilla–. ¡Cautivo y desarmado mi
brigada! –dijo tropezándose y diciéndole adiós con la
trompeta en la mano.
Después
el tren se alejó, Madrid quedó muy atrás y la vida,
siempre tan inesperada, situó a Filomeno como asistente
del general. Café solo, pan tostado y un poco de miel:
el militar tenía gripe. Sin embargo, escribía algo en
una cuartilla y se le veía pensativo, dubitativo. ¿Sería
la fiebre? De repente lanzó una exclamación, levantó la
vista al vacío y arrojó la pluma a un lado. “No consigo
terminarlo, Filomeno; este constipado me tiene harto”,
dijo con voz nasal. “¿Qué no consigue terminar su
Excelencia?”, preguntó Filomeno y éste le contestó que
“el parte, que se la había quedado atascado”, mientras
bebía con cuidado de la taza de café caliente.
–¿Qué lleva escrito su Excelencia si no es indiscreción?
–Pues nada, no llevo escrito nada, sólo “En el día de hoy”
–contestó el general.
–¿Y qué es lo que quiere expresar su Excelencia? –preguntó
Filomeno con cautela.
–Pues que hemos ganado la guerra a los rojos ¿qué piensa
usted que voy a querer expresar? –dijo el general en
tono un poco molesto–. Que están en el puerto de
Alicante cercados, rodeados... pero no me sale la frase
precisa. Un parte final de guerra tiene que ser conciso,
no tiene que dejar dudas, tiene que pasar a la Historia.
–¿”Prisioneros” tal vez, Excelencia?
–No, no es exacto y es demasiado vulgar. Además hay que decir
que ya no pueden defenderse, que no tienen armamento.
–”Cautivos”, entonces. Y la palabra para lo del armamento es
“desarmados”, Excelencia –dijo Filomeno con infinita
paciencia mientras miraba, pensativo, por la ventana a
la lejanía.
–Cautivos y desarmados... eso es –dijo el general asintiendo
y volviendo a coger la pluma, esta vez con decisión y
gesto marcial–. Eso es... “cautivo y desarmado el
ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus
últimos objetivos militares...” Gracias Filomeno, es
usted un genio. Recuérdeme que le proponga para una
medalla.
–No hay de qué, Excelencia, siempre a su servicio y al de
España –Filomeno sonrió, mientras venía a su mente la
imagen de aquel mendigo con una trompeta en la mano en
la estación del Norte.
Jose Mª Sánchez
LAS DOS
ESTABAN VIVAS
Miguel
volvió a despertarse y, al sentirse junto a su mujer y a
su niña, vio que estaban realmente vivas, que no era una
fantasía. Poco le importaba tener su casa medio en
ruinas y dormir en el suelo sobre esa colchoneta.
Estando bien los tres, todo se iría arreglando. Así que
regresó a sus sueños.
Le
volvió el sabor de aquella cena del 19 de noviembre. A
Carmen le había quedado la tortilla de patatas jugosa y
dorada, como más le gustaban tanto al padre como a
Clarita. El poco pan acompañó a una fina loncha de queso
y, por si fuera poco, todavía les había conseguido de
postre un trocito de carne de membrillo. Vamos, que si
para Navidad lo podían igualar, ya se podían dar con un
canto en los dientes.
Como a
él le tocaba turno de noche en la Telefónica, se ocupó
de acostar antes a la pequeña para que se durmiese más
tranquila. Al poco rato se despidió de Carmen y con su
termo de café recorrió la escasa distancia que había
entre aquel enorme edificio y su antiguo quinto piso en
la calle de Fuencarral. Sabía que en esos momentos su
cantidad de trabajo iba a depender, más que nada, de las
muchas llamadas que se hacían cuando se les venía encima
uno de esos bombardeos. Aquellos moscardones invisibles
los soltaban casi siempre de madrugada y en el centro de
la ciudad.
Tras
unas primeras horas bastante tranquilas, no podía
creerlo: primero algunos cañonazos lejanos y, algo más
tarde, ya está aquí el puñetero ruido de las “pavas” y
cada vez más cerca. Pero… ¿qué les hemos hecho? Se oyen
sirenas, tiene que coger la linterna y tras una primera
explosión cercana, otra más acompañada de un fogonazo
que hace temblar hasta el suelo. ¡Carmen, Clarita! Abre
la ventana y se le mete una gran polvareda que viene
desde su calle. ¡No, a ellas no!
Baja
casi rodando las escaleras y al intentar acercarse a su
casa, los escombros del edificio colindante se lo
impiden. No se ve casi nada, vienen gritos de abajo que
hielan la sangre, van apareciendo vecinos que quieren
ayudar pero casi todo lo que tocan les quema. Miguel lo
que quiere es llegar a su mundo, a su vida, sube por
encima de los cascotes y observa que el muro de
separación de su casa está medio caído. Intenta subir,
pero más allá de la cuarta planta no queda ni un
peldaño. ¿Habéis visto a mi mujer y a la niña? Nadie
sabe nada, ve que van sacando cuerpos y al destapar sus
caras siempre lo mismo: bocas y nariz repletas de tierra
y esos brazos y piernas que se descuelgan al moverlos.
Entre
maldiciones y llantos busca cualquier viga, cuerda, lo
que sea para trepar por el hueco de la escalera y
aparece Mariano, el viejo portero de enfrente que le
conoce desde que nació. ¡Miguelín, apártate de ahí que
se te va a venir todo encima… anda… vente para acá! ¿No
sabes que en cuanto he oído los cañonazos, y por eso de
que en este barrio casi siempre dan en lo alto, me he
bajado a tus chicas a casa?
Aquella
portería estaba abarrotada de colchonetas y gestos de
terror. En un rincón, Carmen abrazaba a su niña,
saltaron las dos hacia él y se dieron cuenta que todo
era así de verdad, que no estaban soñando.
Vicente González Vicente
Y
CAYERON
Cuando
vio abrirse la plataforma y descender los mil kilos de
bombas, el peso que se quitó de encima no sólo fue
físico, mil kilos ya eran kilos, sino que también lo fue
mental. Y es que lo que le pasaba por la cabeza al
unteroffizier[1]
Berndt cuando comunicó al piloto el momento justo en que
éste tenía que accionar el lanzador de las bombas no se
centraba precisamente en que se acertase o no en el
objetivo. Lo importante era soltarlas y salir pitando.
Daba igual dónde cayesen con tal de poder salir de allí
cuanto antes. Que se alcanzase la batería del quince y
medio que había en el Retiro le importaba poco.
Tanto
él como los restantes miembros de la tripulación eran
conscientes de que el Junkers era muy lento y que los
nuevos aviones rusos eran una amenaza bastante seria
como para entretenerse demasiado sobre el cielo plomizo
de la ciudad. Pero era lo que había. Ahora, cada vez que
realizaban una misión, convivían durante la misma con
una sensación de inseguridad que no habían sentido desde
que aterrizaran en España, dos meses atrás. Realmente,
esa sensación había llegado unos diez antes tan de
improviso como los causantes de la misma: los condenados
aparatos rusos. Hasta ese momento su guerra había sido
placentera, sin contratiempos; unas cuantas misiones
diarias, un bombardeo por aquí, un transporte por acá,
un abastecimiento por allá. Vida sencilla de aviador.
Pero el asunto había cambiado en Madrid. Llevaban desde
el 30 de octubre bombardeando la ciudad, es decir,
veinte días, y las cosas se habían complicado.
El
radio-operador Berndt había bajado momentos antes por la
escalerilla hasta la especie de cubilete que había en la
panza del avión y que, previamente, había sido extendido
en vuelo. Y es que el sistema de lanzamiento del Junkers
era de lo más rudimentario: cálculo de la distancia a
ojo, comunicación con el piloto cuando se marcase el
objetivo y lanzamiento de la carga mortífera por parte
de éste. Luego se recogía el cubilete y a casa.
Serían
cerca de las cuatro de la tarde cuando las formaciones
de bombarderos llegaron a los límites de la ciudad. Los
aviones rusos estaban esperándoles. Habían salido de
ningún sitio. Eran aparatos pequeños, biplanos como sus
propios Heinkel o los Fiat italianos, pero rápidos como
el que más. Había comenzado un baile de avispas de
consecuencias desconocidas.
Al
unteroffizier Bendt le cayó un goterón de sudor por
la frente cuando el piloto del Junkers empezó a
maniobrar en busca de la protección de la caza propia;
Berndt sabía que había llegado el momento de bajar por
la escalerilla y ubicarse en el cubo metálico para
iniciar su tarea de localización. Mientras accionaba la
palanca que hacía descender la escala, el
unteroffizier Brötzmann empezó a dar uso a la única
ametralladora del avión, ubicada en la parte dorsal. Los
aviones enemigos les estaban rondando con intenciones
nada amistosas.
El
cálculo del objetivo no fue tan ortodoxo como indicaban
los manuales de instrucción, pero Berndt sabía que
ninguno de sus compañeros se lo reprocharía cuando vio
el morro del primer Curtiss[2]
aproximarse desde abajo disparando las ametralladoras.
El visto bueno al lanzamiento estaba dado.
|