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EL
NUEVO NOMBRE
Se
miró en el espejo satisfecho de la imagen que éste le
devolvía. La camisa azul, sin arrugas, perfecta. Las
mangas arremangadas por encima del codo le daban ese
aspecto de masculinidad que tanto le gustaba. La boina
roja debidamente acomodada sobre el hombro izquierdo,
sujeta por una trabilla. La insignia de tela con el yugo
y las flechas cosida sobre el bolsillo de la camisa.
Todo su porte respiraba energía. El “ardor guerrero” de
la canción se reflejaba en sus ojos oscuros, esos ojos
tan alabados por su madre, y que ahora brillaban
esperanzados, mirando hacia ese futuro que estaba seguro
llegaría en breve.
Todo había comenzado, o quizás podía decir que estaba a
punto de terminar. La resistencia sería breve, y en unos
pocos días Madrid vería desfilar a las milicias de la
Falange. La savia nueva que restablecería el orden, ese
orden que la República había pisoteado. Y en ese desfile
victorioso iría él, con paso marcial y alegre. Quizás
hasta habría conseguido alguna condecoración, alguna
mención honorífica. “Al falangista Filomena Música, por
su valiente comportamiento…” Vaya por Dios, una vez más
en su vida irrumpiendo y estropeándolo todo. Su nombre…
Ese nombre que había arrastrado desde pequeño con
vergüenza, que había estropeado todos sus logros. En el
colegio llegó un momento en el que ya no quería ganar
premios, sólo por no oír su nombre y ver las sonrisas
disimuladas de sus compañeros. Ese nombre que le había
hechor retroceder ante más de una chica por temor a
presentarse. Y que además iba seguido de un apellido tan
sonoro. Porque quizás Filomeno González o Fernández
hubiera pasado más desapercibido, pero con semejante
apellido la carcajada y el chiste eran fáciles.
Volvió a mirar fijamente la imagen del espejo y tomó una
decisión. No estaba dispuesto a seguir así durante toda
su vida.
Alzando el brazo derecho con firmeza y gallardía, como
diría su padre, pronunció en la soledad del cuarto el
siguiente juramento:
–Prometo, que en este día 20 de julio de
1936, el nombre de Filomeno desaparece y de sus cenizas
resurge el nombre nuevo de José Antonio, que al igual
que nuestro insigne Fundador, dará gloria a España y a
la Falange.
Alma Hernando Fojo
EL
AMIGO
Aquel día de Febrero, Filomeno se encontraba en las
butacas del cine Padilla, tenía 19 años, tras el
discurso de José Antonio se exaltó como era habitual en
él; comenzó a creerse que los falangistas no eran ni de
derechas ni de izquierdas, sino los auténticos
salvadores del orden y los principios patrios, se sintió
un hombre y decidió afiliarse. Aunque llevaba varios
meses disertando sobre ese tema con sus compañeros de
almacén y de juergas, nunca se había sentido tan seguro
de lo que hacía; ahora podía autentificar su discurso,
demostrando a sus amigos que tenía carnet.
Filomeno, que tenía el don de la oportunidad, comenzó a
asistir a las reuniones del local de Falange que estaba
a dos manzanas de su casa, justo cuando empezaba a
caldearse el ambiente; allí empezó a relacionarse con
algunos jóvenes del barrio que tenían la costumbre de
hacerse notar y Filomeno siempre entraba al trapo; ahora
apenas veía a sus antiguos compañeros de jaranas. Como
había hecho siempre, caminaba con las manos en los
bolsillos entonando música con un silbido fuerte y bien
afinado; aunque los transeúntes solían volverse a su
paso, lo cual le producía un inmenso gozo, Filomeno
percibía que se había producido un cambio, ya no
provocaba tantas sonrisas, algunas eran de cuarto
menguante y con extraños y cómplices guiños y demasiadas
las miradas neutras.
«Mucho sordera hay últimamente en Madrid», pensaba
Filomeno mientras se esforzaba por mejorar el compás.
El
20 de Julio, era un día especial, no en vano coincidía
con su cumpleaños. Filomeno, se acercó silbando a la
taberna de sus padres, esperando que llegaran sus
amigos; había tenido la osadía de convocar a todos para
tomar unas cañas acompañadas de unos riquísimos callos
con garbanzos que había preparado su madre. En contra de
lo previsto, sólo se acercaron un par de compañeros del
almacén: Benito, que había compartido con él campeonatos
de peonza y carreras de chapas desde los primeros años
de escuela y Germán, un chaval callado que salía de
juerga en contadas ocasiones.
–Hoy cumplo veinte años, ¿cómo es posible que no acudan mis
amigos a celebrarlo? No entiendo…
–Efectivamente, no entiendes nada ¿no sabes cómo están las
cosas? –le cortó en seco Benito–. Llevas cinco meses
metido en ese local, apenas te codeas con tus compañeros
y amigos de siempre y, para arreglarlo más aún, te
paseas entonando los himnos que te enseñan tus amigos
falangistas, en lugar de las coplas de antes ¿Sabes cómo
te llaman ahora? “Filomeno Músicas”, y no pienses
que es un mote amable; lo dicen despectivamente, desde
que amenizas el barrio con el Cara al sol y demás
temitas...
Después de acabar la ración de callos y la segunda ronda
de cañas, Filomeno y Benito se quedaron solos y entraron
a la trastienda…
–Filomeno, vete ahora mismo, si no quieres que hoy se
convierta en el peor día de tu vida. Están deteniendo a
mucha gente…
–¡Pero qué dices, yo no he hecho nada!
–Nada salvo fanfarronear por ahí y, por si no lo sabes,
estamos en guerra. ¡Vamos, lárgate! Quizás sea tu última
oportunidad, tu tío puede sacarte de ésta.
Aquella noche fueron a buscarlo, no estaba en casa…
–…Vamos Benito, tú sabes algo del bocazas del Músicas.
–Claro que sé algo, que no es tan tonto como parecía, puesto
que se ha esfumado y que yo no soy su niñera… Anda,
vamos a la sede, que hay mucho trabajo por hacer.
Elena Terrones Hernández
FILOMENO MÚSICA
(Inspirado en el testimonio transmitido a GEFREMA por Don Bibiano Morcillo García, protagonista y testigo de los acontecimientos de julio de 1936 en el Cuartel de la Montaña.)
El miliciano le hincó la punta del fusil en el esternón. “¿Éste?”, dijo.
Como un fogonazo pasaron por la memoria de Filomeno los recuerdos más remotos de su vida. El taller de carros de su padre en la calle del Almendro. La armónica que le regalaron cuando hizo su primera comunión. Los amigos del barrio que le decían al verle venir: “¡Filomeno! ¡Música!” Y él sacaba automáticamente la armónica del bolsillo y tocaba La tarara o La pelona y todos daban palmas o bailaban con aquello. Las tediosas y larguísimas jornadas escolares y los esfuerzos ímprobos que le costaba terminar sus tareas. Los capones que le daba el cura por su torpeza. Las burlas de los compañeros porque siempre era de los últimos de la clase. La primera rueda de carro que por fin consiguió centrar y la reacción perpleja e incrédula de su padre. Las primeras vistas furtivas con los amigos a las mujeres del barrio de Lavapiés. Pero también los recuerdos más recientes. Las primeras veces que su primo Severino le llevó a los actos de afirmación nacional de la Falange, su fascinación por aquel fasto pseudomilitar, y su orgullo cuando, concluidas las ceremonias, alguien decía: “¡Filomeno! ¡Música!” Y allí mismo sacaba su armónica y se ponía a tocar un pasodoble. La ilusión y los halagos de su madre las primeras veces que lució su uniforme falangista. La aventura de algunas algaradas callejeras en las que participó y de las carreras para burlar a la guardia de asalto. El exaltado entusiasmo con que acudió, con un gran pelotón de falangistas, a prestar su apoyo voluntario a los valientes del cuartel de la Montaña. El nudo que empezó a sentir en el estómago cuando les arengaron con voces desaforadas y órdenes militares a dar la vida por España, y cuando les fueron distribuyendo por las ventanas de aquel cuartel con un fusil en las manos. El espanto que congeló sus miembros cuando comenzó el estruendo y vio caer a varios compañeros con un tiro de la frente. La tremenda patada que alguien le arreó en el culo al grito de “¡¡Dispara, gilipollas!!”
Después, tras aquel infierno, que parecía interminable, había venido un hondo y larguísimo silencio, lleno de pavor, lleno de incertidumbre. Había visto fugazmente a una ingente multitud, apenas audible, que se lanzaba al asalto del cuartel. Sus compañeros se habían despojado raudos de la camisa azul y habían salido precipitadamente de aquella estancia. Él había hecho lo mismo. Había conseguido mezclarse en el patio con el tropel de asaltantes. Pero cuando se dirigía hacia el gran portón de entrada, un soldado con la guerrera desabrochada le había zarandeado del brazo con energía diciendo: “¡Éste es un fascista!”
Ahora estaba allí, en camiseta, con las manos en alto, completamente descompuesto, con aquel acero clavado en el pecho y exclamando entre temblores:
–¡No!... ¡Yo, no!... ¡Yo soy marxista!... ¡Viva España! ¡Viva la República!
Vio que el militar le miraba de arriba abajo y decía pausadamente, retirando el fusil del miliciano: “No. No es éste. Me he confundido.” En ese mismo instante percibió Filomeno que estaba pisando el charco de su propia orina.
Se alejó como un borracho, incapaz de sostener la pesada carga de miedo y vergüenza que le oprimía. Al mismo tiempo, por encima de aquella tremolina, brincaban los acordes disonantes que algún inepto lanzaba soplando en una armónica.
Enrique Martínez Gorroño. 09.02.2009
HISTORIA DEL FILOMENO MÚSICA
Filomeno,
más conocido por “el Música”, era un hombre cabal. En el
año 35, atraído por las ideas de José Antonio Primo de
Rivera, había decidido, en un gesto de arranque sin
precedentes, afiliarse a Falange. La política y la
justicia social le atraía, pero su pasión era la
trompeta. Mozart, Haydn, Haendel, los “Reales fuegos de
artificio” eran su especialidad. Por eso, cuando en el
servicio militar el sargento le preguntó qué hacía en la
vida civil, le contestó “música”. “¿Música qué?”, “Mu…
Música, mi sargento.” “Muy bien, ya tenemos turuta”,
dijo el sargento dirigiéndose al resto de la compañía
para, a continuación, tenderle una corneta y espetarle
un “toca algo”. Filomeno tocó, en aquel momento
decisivo, el concierto para trompeta de Haydn de mala
manera, por los nervios y lo primitivo del instrumento.
En
el cuartel había de todo, de todas las filiaciones
políticas, aunque él se reunía, claro está, con sus
compañeros falangistas en la explanada del gimnasio
todas las tardes, después de la bajada de bandera,
donde, con gran virtuosismo, tocaba la oración a los
caídos por la Patria. El sargento pensaba que no merecía
la pena tanto esfuerzo y tanta nota tan bien modulada y
siempre le decía por lo bajo: “Tú, Música, a ensayar
después, acelera y termina de una vez que ya han arriado
la bandera.” Así que Filomeno ensayaba en la citada
explanada con su trompeta de verdad mientras el sol,
rojo, naranja la más de las veces, se ponía al fondo
sobre el horizonte de la Casa de Campo. Las notas
melancólicas de la coral BWV 645, El despertar de los
sueños, de Johann Sebastián Bach, se distribuían por
el espacio. Lástima, sólo le faltaba el órgano y la
pieza sería perfecta, pero Filomeno lo oía en su
interior. Sus compañeros le escuchaban admirados
mientras liaban cigarrillos y comentaban los rumores de
una posible insurrección contra el gobierno
frentepopulista, un alzamiento, una asonada.
Sí,
desde luego algo iba a pasar, pensaba Filomeno, porque
si no era así ¿para qué estaba el general Fanjul allí,
con ellos, en el cuartel, con uniforme de gala?
Filomeno nunca había empuñado un fusil, excepto para
disparar a las dianas de las maniobras y en la feria de
su pueblo, y ahora se veía con uno en las manos y las
cartucheras repletas. “Tú, Música, da el toque de
atención” y allí estaba el general leyendo un bando del
que sólo captó la frase “queda declarado el estado de
guerra en todas las provincias de Castilla la Nueva.” Un
mareo se apoderó de él, las notas de la música de Bach
se adueñaron de su mente y ya no vio, ni oyó, más que
explosiones, disparos, trozos de pared que caían al
suelo, aviones y una valla que había que saltar para
llegar abajo, a la vía del tren y al río. Se desprendió
del fusil como de un elemento extraño que se había
pegado a sus manos, alzó una pierna para saltar, miró
atrás y vio su trompeta tirada, abandonada, en el suelo.
La recogió y salió huyendo de aquella ensalada de tiros
hacia donde todas las tardes, el sol, rojo, naranja la
más de las veces, se ocultaba.
José Mª. Sánchez
AQUEL
20 DE JULIO
Todavía no puedo creerme que a nuestro General Fanjul lo
hayan dejado solo, en el Cuartel de la Montaña, esa
pandilla de traidores que ya no se merecen ni el nombre
de militares. Y gracias a Dios que he salido vivo, pues
debemos ser muy pocos los que podemos contarlo. Así que,
como que me llamo Filomeno Música, que a mí no me pillan
estos rojos asesinos y desaparezco de este Madrid cuanto
antes.
Suerte que en la pensión llevo poco tiempo y nadie, ni
los más jóvenes, saben que soy de Falange. Menos los
vecinos del principal, los únicos decentes de toda la
escalera y que conocen de siempre a mi familia. Son
gente discreta y seguro que llegamos a un acuerdo: ellos
ponen su Citröen para salir con algún pretexto y yo,
gracias a la posición de mis padres, les puedo ser de
gran ayuda hasta que los nuestros entren en Madrid, que
tampoco irá para largo.
Bueno... ya estoy llegando pero... y ése ¿no es el
coche? ¡Lo que le han pintado en las puertas! Habrán
sido esos de las cartucheras, que hasta parecen
alegrarse de verme.
¡Salud Filomeno! Ya era hora juerguista, llevamos rato
esperándote... ¿¡Dónde te habrás metido!? Ahí tienes tu
mosquetón y... arreando, que nos vamos a Somosierra a
parar a esos fachas, si se atreven con nosotros.
Vicente González Vicente
TÚ,
FILOMENO
Siempre te consideraste alguien distinto a los demás.
Como un ser dotado de la clarividencia divina. Lo creías
ver reflejado a través de tus ideas, lo querías plasmar
en tus discursos, mediante tus palabras rebuscadas, que
gozaban de una musicalidad propia de tu apellido.
Música. Filomeno Música era tu nombre. Curioso y
desconcertante al mismo tiempo.
Cuando supiste de José Antonio Primo de Rivera y de lo
que pregonaba quedaste enseguida prendado; al parecer
habías reconocido la verdad en la doctrina de aquel
prohombre, de aquel iluminado hijo de general golpista;
habías encontrado alguien que se asemejaba a ti. Le
buscaste y le hallaste. Fuiste uno de sus primeros
acólitos. Te hiciste confeccionar una camisa azul en una
de las mejores sastrerías de Madrid y le acompañaste en
sus actos capitalinos, colaboraste con plena
disposición, incluso te viste involucrado en algún que
otro jaleo con las izquierdas donde hubo algún que otro
disparo. Lo hiciste sin pestañear, como un buen soldado.
La disciplina era una de tus características. Te la
impusiste desde el principio, decías que era fundamental
en la vida de uno. Tú la llevaste a rajatabla. Aún dudo
que te sirviera de algo.
Como todo el mundo en esos días, estabas nervioso,
alterado. Se mascaba lo que iba a suceder, lo que unos y
otros andaban buscando con encono desde hacía tiempo. Tú
te habías posicionado y estabas a la espera de órdenes,
dispuesto a actuar.
Con
aquel calor de julio llegaron las noticias procedentes
de Marruecos de que los militares se habían sublevado.
Ya estaba todo el pescado vendido. Al día siguiente la
llama prendió en las grandes plazas: Barcelona, Sevilla,
Zaragoza… Madrid quedó a la espera. Por lo demás,
noticias contradictorias de dónde había triunfado el
alzamiento y dónde no. Tú desapareciste.
Los
acontecimientos se desencadenaron el lunes. El cuartel
de la Montaña fue el epicentro de la lucha. Y tú no
estuviste allí. No sé si tus camaradas te echaron de
menos, no debió darles tiempo. Y menos cuando
irrumpieron en el edificio las coléricas jaurías
sedientas de sangre y venganza. La alfombra de cadáveres
que se extendió en el patio y las crujías del edificio
no fue bordada con tu tejido de carne y hueso.
¿Dónde estabas Filomeno? ¿Dónde te habías metido? Tus
camaradas acosados entre los muros de un viejo
acuartelamiento y tú desaparecido. Tu disciplina,
ausente. Tus ideas, mancilladas por ti mismo. La puesta
en práctica de la doctrina, fuegos de artificio.
Alguien creyó ver tu figura espigada y quijotesca entre
la muchedumbre. No vestías tu camisa azul impoluta; al
contrario, vestías un mono y unas alpargatas. Gritabas
consignas jamás reclamadas por tu boca; llevabas un
Máuser, ariete de nuevas ideas. Fuiste arrastrado con la
marea humana hasta las inmediaciones de la Plaza de
España, y allí, desde un talud, te apostaste y
disparaste contra el ladrillo milite. Música de descarga
y olor a pólvora por todos lados. Tú sonreías.
¿Qué te sucedió Filomeno?
Fernando J. López
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