Pablo y Miguel.Es difícil situar al poeta en estas fechas y lugares.Por carta escrita a Josefina, su mujer, el 16 de Noviembre 1936, se encontraba en Pozuelo.
Anteriormente estuvo en Cubas y Valdemoro, desde donde, por mediación de su amigo y también poeta malagueño Emilio Prados, le trasladan con las tropas de Valentin Gonzalez, el Campesino.Esto le situaría en la zona en cuestión.
A tener en cuenta que Miguel ingresa como voluntario en el 5º Regimiento la ultima semana de Septiembre. En un principio paso como cualquier soldado por un periodo de formación militar, pero enseguida paso a realizar tareas relacionadas con la formación cultural de las tropas al ser designado agregado cultural y posteriormente comisario.
Por carta, esta localizado el 19 Octubre en Valdemoro y el 26 en Madrid ya en sus labores culturales que le permitían una movilidad y continuas visitas a Madrid, a la Alianza Intelectuales Antifascista.
Los primeros días de Noviembre acercaban la guerra a Madrid, momentos confusos que difuminan los pasos de Miguel.Recuperándola ya en el momento que las tropas del Campesino, son reagrupadas y trasladadas a Alcala de Henares el 17 Noviembre.
La irrupción de Pablo de la Torriente Brau, en la vida de Miguel Hernandez, añade pistas en la vida de ambos personajes.
Las crónicas de Pablo, veraces, limpias y transparentes, nos aporta valioso material.
Ambos dejan constancia de su encuentro, pero de diferente forma y manera, que en cierta parte no coinciden.
La primera referencia de Pablo, se encuentra en carta con fecha 28 Noviembre desde Alcala.
El día 25 creo que lo pasé todo en Alcalá. Descrubrí un poeta en el batallón, Miguel Hernández, un muchacho considerado como uno de los mejores poetas españoles, que estaba en el cuerpo de zapadores. Lo nombré jefe del Departamento de Cultura, y estuvimos trabajando en los planes para publicar el periódico de la brigada y la creación de uno o dos periódicos murales, así como la organización de la biblioteca y el reparto de la prensa. Además, planeamos algunos actos de distracción y cultura. Y con él me fui después a ver algunas cosas famosas de Alcalá. Vi la Hostería del Estudiante, digna de una página de cine olorosa a historia y a tiempo viejo; el Paraninfo de la Universidad Complutense, que fundó el cardenal Cisneros, con sus artesonados mudéjares y sus paredes platerescas; el bello patio trilingüe, en el que hoy no se habla ninguna lengua; la fachada y el patio de la Universidad; y pasé por frente al Archivo, bellísimo, y a las viejas murallas. Luego, fui hasta el Henares.Miguel, en la entrevista de Nicolás Guillén –uno de los participantes cubanos en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura de 1937– le hiciera pocos meses de la caída de Pablo en Majadahonda y que fuera publicada en la revista habanera Mediodía.
Conoci a Pablo en Madrid, una noche en la Alianza, esperando yo a María Teresa León, que no venía. Recuerdo que fue en septiembre del año pasado. Esa noche, recién amigos, bromeamos como antiguos camaradas. El sentido humorístico de Pablo era realmente irresistible. Quien estaba a su lado tenía que reir siempre, siempre, porque él sabía encontrar como pocos el estado grotesco de las cosas más solemnes. Y lo hacía con una originalidad y una fuerza...
El encuentro al que se refiere Pablo, Miguel lo relata en la misma entrevista.
continúa contando a Nicolás Guillén en su entrevista memorable:
Yo le quise mucho. Después de aquella noche que les digo, nos separamos durante varios meses. Nos volvimos a encontrar en Alcalá de Henares, a pesar de que habíamos estado juntos, sin saberlo, en los combates de Pozuelo y Boadilla del Monte. “¿Qué haces?”, me preguntó alegremente al abrazarnos. “Tirar tiros”, le contesté yo riéndome también. Pablo era entonces Comisario Político del Batallón del Campesino, hoy división. Me ofreció hacerme también Comisario de Compañía, con lo que estábamos juntos otra vez Pablo y yo...
En misma carta:
Y ayer tuvimos dos reuniones importantes en el cuartel: una fue una reunión de todos los oficiales de la brigada, tomándose importantes acuerdos sobre la disciplina, organización, etc., y la otra una función que improvisamos en la nave de la iglesia, con la colaboración de María Teresa, Rafael Alberti, Antonio Aparicio, Emilio Prados y Miguel Hernández, y en la que participaron también varios milicianos y milicianas. Fue una fiesta alegre, para levantar el ánimo a los hombres que en esta ciudad, un poco gris siempre en este tiempo de otoño, es un poco cansada y tristona. Y se les enseñó a los milicianos la canción del Quinto Regimiento, que es muy bonita.Continua Miguel junto a Pablo. Así queda reflejado en carta con fecha 13 de Diciembre.
El día 2 de este mes, fui, en unión de dos oficiales y de Miguel Hernández, a dar un mitin en Mejorada del Campo, con el fin de hacer propaganda de reclutamiento. El mitin estaba planeado de acuerdo con el Comité, al que habíamos tenido que argumentar ya en dos visitas anteriores. La última vez nos llevamos del pueblo un campesino gallego, de los diez u ocho que habían prometido incorporarse a filas. El resto se había ido. Allí me encontré un chiquito de trece años, asturiano, sin padres, que iba a la aventura, hambriento y con frío. Subió al Comité a pedir alojamiento y comida y, como tenía cara de gran inteligencia, me lo llevé para enlace mío. Pues bien, luego fue esto un problema para mí, pues los campesinos de Mejorada porfiaban que el muchachito era un espía y que quién sabe quién era yo. Bien, la cosa fue que cuando llegamos al pueblo, al entrar la noche, nos encontramos con una cantidad extraordinaria de hombres armados con escopetas y con rifles, y, al dirigirnos a la casa del Comité, en la escalera se nos interceptó la gente, y ya en franca situación de violencia, quisieron desarmarnos. Se produjo una situación de escándalo y confusión que se aumentó cuando, violentamente, le pegué dos gritos al que más chillaba y tuve la mala suerte de darle en la cara con su propia arma. Nos salvamos de ser ametrallados allí, precisamente por ser pequeño el espacio y mantener nosotros nuestra decisión de conservar las armas. Esto aparte de que ni un momento dejábamos la discusión, más alta que ellos, para conservar la moral. Yo pensaba que detrás de nosotros iban a venir el Campesino y Candón, el comandante cubano, y pensé que el problema era ganar tiempo. Gracias Pablo, por poder conocer mejor a Miguel.
viewtopic.php?f=12&t=2493&st=0&sk=t&sd=aPepe Galan y El CampesinoCartas de Pablo de la Torriente Brau. (Fragmentos)
Madrid, 15-11-936
Anoche vine con Campesino a Madrid, y el muy cabrón me dejó aquí. Gracias a esto puedo escribirte hoy, lo mucho que siento ya que hoy probablemente íbamos a tener chicharreo por nuestro barrio, casi con seguridad. Pero ya que estoy aquí debo contarte cosas de estos días. Por lo pronto, mi cargo de Comisario de Guerra con Campesino
Con él me fui a la madrugada del día 13 para nuestro sector, dando un largo rodeo, a fin de poder ir con las luces encendidas, y pasamos por la ex real posesión de El Pardo, por donde huían los conejos y las liebres delante de nosotros, espantadas de los reflectores.
Allá, en Aravaca, me encontré a Alberto Sánchez, el cubano que ya también es comandante, sin tener aún 21 años.
Pepe Galán40 dice de él: «Vale un huevo este chico.
Pepe Galán le dio a Alberto las instrucciones para la acción del día siguiente, en la cual sus cinco compañías estarían de reserva y salimos de Aravaca para Pozuelo de Alarcón a reunir a todos los oficiales y, sobre el plano, dar cuenta de la marcha y de los objetivos del día siguiente.
Pepe Galán, a quien sólo veinticuatro horas antes le habían matado la mujer de un brutal desgarrón de metralla, advirtió a todos, que sería conveniente tomar prisioneros y, en todo caso, conservarles la vida. Y les dijo unas palabras emocionantes que siempre recordaré por el tono en que fueron pronunciadas.
Él siempre ha sido un hombre extremadamente sereno; parecería frío, sino fuera cordial y aun jovial muchas veces. Esta serenidad, tanto en el combate como ante la vida, libre de la más ligera sombra de teatralismo, es lo que hace que sus palabras sean siempre responsables.
Les advirtió: «Mañana no se puede retroceder. El capitán que no sepa conducir su compañía adelante, lo fusilo. Si el comandante de un batallón no logra el objetivo que se le ha señalado, lo fusilo también. No tengo que repetirlo. Que se pegue un tiro el que no me quiera dar el disgusto de tenerlo que fusilar. Ya no puede retrocederse.» Mientras él decía estas palabras, yo presté especial atención a los rostros de los hombres, inclinados sobre el plano, iluminados por las velas.
Todos resistieron, sin pestañear, el peso de palabras tan graves. Algunos, sólo dos, dirigieron relampagueantes miradas a otros, como si pensaran que eran estos los que tendrían más cercana la muerte.
Campesino, con la confianza de su vieja amistad con los hermanos Galán, y con su prestigio de héroe popular, con su voz ronca, tan cortante a veces que es un insulto, dijo: «La retirada es una palabra que está retirada del diccionario. No existe.» Pepe, siempre atento a todos los detalles —y al Campesino hay que suavizarlo muchas veces—, hizo la excepción: «Sólo hay retirada si yo lo mando.» A lo que Campesino, firme en su posición argumentó: «En ese caso no se llama retirada. Se llama repliegue táctico.» Y se fue a dormir y a roncar en un sofá, no sin que antes, con su excepcional buen humor de siempre, con esa confianza extraordinaria que tiene en el esfuerzo, afirmara que al día siguiente iríamos a comer a Navalperal, si nos descuidábamos.
Luego vinieron las instrucciones a los enlaces, a los artilleros; las señales de los paineles en las avanzadillas, para nuestra aviación, la distribución de los anteojos de antenas para columnas. Pepe Galán señaló cuál era el objetivo final de nuestro sector, advirtiendo que ello no quería decir que si no era posible llegar hasta allá, no se llegara hasta donde se pudiera. Y Campesino por su cuenta añadió desde su sofá, «lo que tampoco quiere decir que si es posible no se pase de él». Allí nos cogió las cuatro de la mañana y como a las cinco y media comenzaba la movilización general, nos echamos sobre sillas y sofás y en el suelo, envueltos en mantas, a esperar la hora. Al amanecer todo se movilizó. Llegaban compañías con su estrafalario indumento. Y unas se iban a tomar posiciones, cantando «El mundo está lleno de lágrimas —la vida llena de dolor—», y otras en silencio, sucias, extrañas. En todas siempre iba alguna miliciana, de esas que ya han sido probadas; muchachas de excepción, vergüenza de muchos hombres. Como Alicia, de la Compañía de los Toreros que capitanea Litri, que tomó posición bajo el silbido constante de una ametralladora asesina del enemigo y que al ver que muchos se iban desplegando, agachándose, les gritó rudamente: «¡Joder, no agacharos, que aquí no dan, hombre!» Pero no te voy a contar este día, lleno de expectación, que, desde por la mañana, como sucede tantas veces en la guerra, en donde siempre hay que contar con la incógnita de los planes del enemigo, se trocó casi por completo, por la salida, a igual hora, de la aviación enemiga, y se desarrolló un formidable combate aéreo, sobre nuestras cabezas unas veces, y otras sobre el cielo de Madrid mismo, al sol pleno, lleno de tronidos de los motores y crepitar de las ametralladoras, que suspende todo fuego en las avanzadillas, llenas de emoción. Los trimotores de bombardeo del enemigo huyeron y miles de hombres se levantaron de entre la yerba para presenciar el combate que duró largo rato.
Aparecieron los aviones enemigos, cruzaron sobre Madrid y vinieron hasta nuestras líneas.
Tumbarnos en la yerba y agacharnos ordenó la cabeza. Yo me puse boca arriba y con mis magníficos gemelos los vi venir, agitándose. Son imponentes esos trimotores. Con sus grandes alas negras, parecen monstruosos alacranes impasibles y crueles.
Descargaron un poco a la izquierda y la tierra tembló de miedo, y se elevó al aire una columna de humo y tierra por cada bomba. Parecía aquello un bosque enorme, surgido de pronto, y visto a la bruma y la neblina.
Los golpes de las bombas contra la tierra me dan la impresión de un trabajo realizado por un implacable e imponente martillo hidráulico, clavando algún pilar de acero. Cuando se alejaron los aviones, nos levantamos.
Campesino, entre la frescura de la yerba amarilla, dormía roncando. Lo despertamos para que viera el segundo combate aéreo del día,
Madrid, 17-11-936
Vaya que te voy a escribir. Ladra el cañón más que nunca. Ni siquiera en el cine has oído semejante retumbar. Parece que se han aumentado considerablemente nuestras baterías y que, además, tienen órdenes de realizar alguna preparación destructora.
Además, desde luego, pues también ellos zumban.
Acabo de llegar de Pozuelo de Alarcón, el bello pueblecito de calles torcidas y empinadas, casas blancas de zócalos de mosaico azul, paredones de ladrillo.
Hasta ayer por la noche estuvo el batallón de Campesino allá y ahora, cuando por fin logro incorporarme, resulta que nos han trasladado para Alcalá de Henares.
Iré, pues, a la ciudad donde nació Miguel de Cervantes. Ya te contaré de ella. Y al paso que voy, pronto habré recorrido media España.
Creo que te di cuenta del día 15, cuando una insolente escuadra de quince trimotores italianos, con sus correspondientes aparatos de caza, temprano voló sobre Madrid y descargó de manera brutal y despiadada. Esa canalla está matando más mujeres y niños en Madrid, que hombres en los frentes de combate.
Por los Cuatro Caminos, una barriada populosa y popular, las bombas destrozaron tranvías llenos de público. El día fue extraordinariamente duro en algunos lugares del frente madrileño. Fue preciso volar el Puente de los Franceses, por donde ellos lanzaron su ataque desesperado. No han variado su táctica, que ya se conoce, porque, además, ya no la pueden variar.
Madrid, 21-11-936
En estos días he estado a un tiempo dentro y fuera de Madrid. Campesino ha recibido instrucciones de reorganizar su batallón, diezmado por los combates de Pozuelo y Aravaca, y de crear uno nuevo.
Nos han dado a Alcalá de Henares como centro de organización y allá tenemos, en el Convento de las Claras, nuestro cuartel.
Campesino todo lo consigue; pero todo se lleva más tiempo del necesario. Y, además, luego se echan encima obligaciones más perentorias de las calculadas.
Probablemente tendremos que salir de operaciones antes del tiempo justo para organizar bien todos los detalles. La guerra civil obliga a estas cosas inevitables por encima de las cuales hay que pasar y suplirlas de alguna forma. Nuestra principal atención consiste en obtener los mandos capaces y valientes. Es difícil, pero todo se consigue más o menos.
A un sargento que mató a un comandante moro, y que se parece, por lo audaz y decidido, a Carlos Aponte,42 Campesino lo ha nombrado capitán de una compañía y lo utilizará para los golpes atrevidos. Vamos, si los planes no son cambiados, lo que por desgracia bien puede ocurrir, a hacer una guerra interesante, plena de colorido y audacia.
Puede ser que salgamos dentro de dos o tres días. Para ello, hemos recorrido pueblos y buscado hombres.
«Voy a hacer la historia ahora», dice Campesino. Ya le he dicho que sobre él y sus hombres voy a escribir un libro. Y me ha respondido: «Vas a tener material para diecisiete tomos lo menos.» Probablemente será verdad. Y esta guerra de trincheras y de posiciones, tan parecida bajo la amenaza ya fría del invierno próximo, a la guerra del 14, no se ha hecho para Campesino.
Aquí, el asedio y sitio de Madrid está estancado. Para mí, como siempre, no hay duda ninguna —ni aun en el caso de las más difíciles complicaciones internacionales— sobre el resultado final. Ellos son el boxeador cansado, agotado, que se mantiene en pie sólo gracias a la inexperiencia de un rival más joven.
Para robustecer sus defensas, para el caso hipotético de que lograran estrechar más aún la lucha, la ciudad va a ser rodeada de zanjas contra los tanques, que sería el único elemento desmoralizador de la lucha de calle —a pesar de que no han demostrado hasta ahora sus ocupantes tener el valor que se necesita para tripularlos— y, por críticas del propio Campesino, la altura de las barricadas que cubren toda la ciudad va a ser reducida. En efecto, parecían barricadas del tiempo de la Revolución francesa o de la Comuna de París. Ahora serán más bien trincheras y parapetos, zanjadas por detrás y con muy poco blanco para la artillería y morteros del enemigo.
Alcalá de Henares, 28-11-936
Por fortuna, de Madrid han sido evacuadas ya millares de personas para librarlas de la muerte o la mutilación. Por la tarde, gris de lluvia, hubo un rato de expectación. Se sintió el tronido de los aviones, que durante dos o tres días no se había escuchado por el estado del tiempo. Eran muy negros. Pero eran nuestros. Trece. Volaban bajo, con un estruendo magnífico y una velocidad espléndida. A la gente se le alegró la cara. Y en La Castellana vi tres camiones cargados de voluntarios franceses, rodeados de público, del que intérpretes espontáneos ligaban la conversación llena de simpatía.
Por la noche en la Comandancia del Quinto Regimiento, el comandante Rivas me explicaba su concepto para la formación de cuatro verdaderos batallones de choque, integrados por los mejores hombres de todas las unidades y el comisario político, Carlos J. Contreras, se burlaba de los «inventos» que venían algunos tipos raros a ofrecerle: una red para recoger las bombas de los aviones; unos zapatones de plomo para los propensos al pánico. Y Pepe Galán y Campesino bromearon sobre la defensa de los próximos frentes, uno a cargo del de la Puerta del Sol y otro del de la Gran Vía. El día 25 creo que lo pasé todo en Alcalá.
Madrid, 13-12-936
Ahora, en estos días, la guerra parece ligeramente inclinada a nuestro favor. La situación ante Madrid está estancada. La sierra está cubierta de nieve, y, en contra de lo que opinan varios, me imagino que ellos no intentarán un nuevo desplazamiento de sus fuerzas para cortar por allí las comunicaciones y completar el cerco. Ha habido en estos últimos días menos intensidad en los ataques, después de su nuevo fracaso frente a Pozuelo de Alarcón, donde fue herido Pepe Galán y también el Campesino, en el asalto y reconquista de La Atalaya, una casa que había sido nuestra y que, momentáneamente, fue tomada por ellos. Alguna vez, han dejado caer bombas y los cañonazos también han saltado sobre Madrid. Todos son unánimes en anunciar que se prepara un gran asalto más poderoso que los anteriores. No pasará nada, a pesar de los miles de alemanes que están trayendo por Cádiz y que se asegura que completarán una división.
Campesino y sus hombres (Fragmentos)
Esta crónica, fechada por Pablo en Madrid el 21 de noviembre, no fue incluída ninguna de las ediciones del libro Peleando con los milicianos publicadas en Cuba. Excelente retrato de Valentín González, de cuya unidad ya Pablo era comisario político, el texto valora, desde la admiración a este «héroe popular por excelencia, con todas sus exageraciones, defectos y virtudes». La crónica es también un homenaje a los hombres que integraron la tropa de Campesino desde los primeros enfrentamientos en Somosierra, donde Pablo le conoció a principios de octubre, hasta los combates en defensa de Madrid, en los que Pablo participaría y donde finalmente caería el 19 de diciembre de 1936. La libreta de notas de Pablo incluye numerosos apuntes tomados el 2 y el 3 de octubre en Buitrago que después fueron incorporados a esta crónica y que seguramente servirían de fuente para el libro testimonial La leche de Buitrago que el cronista proyectaba escribir sobre los hombres de Campesino, «un hombre de novela». Véase, en este volumen la carta de Pablo fechada el 15 de noviembre en Madrid, en la que explica que ha decidido hacerse «Comisario de Guerra con Campesino», «de acuerdo con la angustia y las necesidades del momento».
Yo soy el Comisario de Guerra del batallón del Campesino. Pero, en realidad, ni Campesino ni sus hombres necesitan comisario.
Sus hombres, los que él templó para la guerra en Somosierra, Buitrago, Villas Viejas y Gargantilla, al lado de los hermanos Paco y Pepe Galán,
Valentín González, Campesino, siempre ha llevado su insignia de Comandante del Quinto Regimiento de Milicias Populares. Que está orgulloso de ella, no cabe duda. Las estrellas que da su batallón las da sobre el campo de batalla. Por eso, como él dice, «brillan más que las de las tres de la mañana». Pero esto no quiere decir que haya jerarquías de carácter militar. Cuando Campesino bromea con sus hombres, se burla de ellos y ellos se burlan de él sangrientamente. Su chofer le dice Moro; el ayudante lo llama Jilipollas; otro le dice que ya está muy gordo para la guerra; otro se burla de su tabardo. Y él goza con estos duelos polémicos con sus hombres, a los cuales, por mejor ingenio, siempre aplasta.
Madrid. En efecto, así fue. Los fascistas habían tomado ya Alcorcón y el aeródromo de Cuatro Vientos. Por Pozuelo de Alarcón, Aravaca y Humera tenían la entrada abierta a Madrid. Allá fueron las tropas de Campesino Y Pepe Galán, los hombres heroicos de Buitrago y Villas Viejas, reforzados por otras gentes que no estaban a la misma altura que ellos. El primer día los fascistas se lanzaron al asalto de una manera brutal. Ochenta carabineros de Pepe Galán perecieron. El batallón de seiscientos hombres de Campesino perdió cuatrocientos hombres en dos días.
De estos combates ya hay un episodio que la leyenda comenta de cien formas. Los italianos de Franco y Mola se lanzaron en sus tanques contra las trincheras nuestras. Los granaderos de Campesino destruyeron varios, pero al fin pisotearon nuestras posiciones y las ametrallaron. Campesino, para proteger el resto de sus fuerzas, se metió en el único coche blindado que tenía. Pronto se vio rodeado e inutilizado. Estaba entre seis tanques orugas del enemigo. Con la culatade la pistola un oficial fascista golpeó en la portezuela de su coche blindado. Se asomó sonriente y dijo:
—Sí, comandante y jefe de toda esas fuerzas.
—Sigue adelante, le ordenaron, mientras lo empujaban entre los seis poderosos tanques orugas para las filas fascistas. Pero Campesino, atento a todo, en la primera oportunidad, considerando la mayor velocidad de su pequeño coche, ordenó al chofer virar en redondo y se les escapó a los fascistas, ametrallando por la retaguardia, de paso, a su infantería que atacaba nuestras líneas, a la que regó de plomo como con una manguera.
Este es Campesino un hombre de novela, llamado así porque nació en el campo de Extremadura. Sus hombres lo admiran y lo quieren. El enemigo lo odia. Los cobardes le huyen. Los valientes, todos, quieren estar con él. El otro día la amenaza de un mortero nos hizo tirarnos a tierra. Cuando estalló a nuestro lado, se levantó riéndose y me dijo:
—Nos estaba cazando esa canalla.
Otra tarde, nos pasaron los aviones por encima y ordenó: «Echarse a tierra y agachar la cabeza», y se quedó dormido sobre la yerba, mientras los aviones descargaban hacia nuestra izquierda.
Algún día, alguien podrá escribir un libro famoso sobre este hombre excepcional que se pasea entre las balas con la aparente indiferencia del apicultor que cruza sin alarmarse por entre los panales irritados de las abejas.
Madrid, 21-11-936
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